«Cada vestido de novia es una conversación entre dos mundos: el de ella y el mío»
Actualizado: 4 jun
Entrevista con Mónica Calles, fundadora y directora creativa de Mónica Calles Studio

En su estudio de Madrid, Mónica Calles guarda lo que ella llama «los tesoros del cajón»: retazos de tejido que no encontraron novia, bocetos que llegaron demasiado pronto para su tiempo, notas escritas a mano sobre volúmenes que todavía están por materializar. Es un archivo de ideas que refleja perfectamente su manera de entender la costura: nada se descarta, todo espera su momento. Diseñadora de formación y de vocación, Mónica Calles lleva más de veintisiete años en la industria de la moda española trabajando para otros antes de decidir, en 2019, que había llegado el momento de hablar con su propia voz.
Su trayectoria es un mapa de la moda española de las últimas tres décadas: Delpozo, Loewe, Miguel Palacio, Flor Fuertes, Claudia Llagostera. Nombres que lo dicen todo sobre la exigencia del oficio que ha ido acumulando colección tras colección, temporada tras temporada, siempre en la sombra, siempre con precisión.
En 2012 abrió su estudio como espacio freelance para seguir colaborando con otros diseñadores del sector; en 2019 presentó su primera colección de novias propia, «Los secretos de Julia», y desde entonces ha construido un universo nupcial que bebe de la mitología, de los tejidos de anticuario y de una visión de la novia que huye de cualquier cliché. Con doce mil seguidores en Instagram y un atelier en Madrid donde cada vestido se trabaja desde cero, Mónica Calles Studio es hoy una de las firmas más singulares del panorama nupcial español. Hablamos con ella de ese recorrido largo y necesario, y de lo que significa llegar tarde, pero llegar bien.
Veintisiete años en la industria antes de lanzar tu propia firma de novias. ¿Por qué tanto tiempo esperando?
No lo viví como espera. Lo viví como aprendizaje. Cada firma en la que trabajé me enseñó algo que yo sola nunca habría podido aprender: en Loewe aprendí lo que significa el lujo de verdad, la atención al detalle que no se ve pero que se siente. En Delpozo aprendí a entender el volumen como lenguaje, a pensar una prenda desde la escultura antes que desde la sastrería. Con Miguel Palacio descubrí el rigor de la alta costura española, esa tradición que tiene raíces muy profundas y que hoy se recupera con mucha fuerza. Cada etapa fue un capítulo necesario. Si hubiera lanzado mi firma a los treinta años, habría tenido energía pero no criterio. El criterio cuesta tiempo.
¿Y qué fue lo que al final te empujó a dar el paso?
Una conversación con una novia. Fue en 2018, aún trabajando para otros. Ella llegó al estudio buscando algo que no encontraba en ningún catálogo: un vestido que no se pareciera a ningún vestido de novia que hubiera visto, que llevara dentro algo de su historia, que fuera completamente suyo. Mientras la escuchaba, me di cuenta de que lo que ella describía era exactamente lo que yo llevaba años sabiendo hacer y que nunca había hecho para nadie con mi nombre puesto. Esa conversación fue el detonante.

Tu primera colección, «Los secretos de Julia», tenía una idea muy concreta detrás: revivir la inocencia del pasado desde la fuerza del presente. ¿Cómo nació esa premisa?
Julia es una mujer imaginaria que lleva el nombre de muchas mujeres reales. La colección nació de la idea de que hay cosas en la feminidad que no tienen fecha de caducidad: la delicadeza, la fortaleza tranquila, esa mezcla de vulnerabilidad y determinación que tienen las novias en el momento más importante de su vida. Quería hacer vestidos que se deslizaran del tiempo, que no pudieran situarse en una temporada concreta. Que en veinte años siguieran siendo válidos. Eso, en un sector tan dado a las tendencias como el nupcial, es una postura bastante radical.
La colección «Odette» vino después y también tenía un universo narrativo muy denso...
«Odette» nació de una necesidad personal. El nombre pertenece a una mujer que viste con recuerdos: cortinajes de palacio, faldones de cristianar, colchas que vistieron camas francesas. Durante la pandemia empecé a frecuentar anticuarios, mercadillos, archivos de tejido. Encontraba piezas de una belleza extraordinaria que nadie usaba ya y que me parecía un crimen dejar morir. «Odette» es la colección que nació de recuperar esos tesoros y devolverles vida en forma de vestido de novia contemporáneo. Cada pieza lleva dentro algo que tiene historia propia.
Y luego llegaron las Valquirias...
Esa colección es la más personal de todas, aunque parezca la más alejada de mí. Llegó a través de un sueño, literalmente. En un momento de mi vida en que estaba librando mis propias batallas, soñé con guerreras que elegían a los caídos y los llevaban al Valhalla. Me desperté con la certeza de que ahí había una colección. Las Valquirias son mujeres de una fuerza extraordinaria que también cuidan, que también aman. Esa dualidad entre la fiereza y la ternura me parece la descripción más honesta de muchas novias que conozco. La colección mezcla lanas, linos, bambulas y sedas rústicas con bordados hechos a mano: texturas del norte de Europa filtradas por la sensibilidad del sur.
¿Cómo defines tu proceso creativo? ¿De dónde llegan las ideas?
De la vida, fundamentalmente. Leo mucho, voy a museos, escucho música, viajo cuando puedo. Pero sobre todo observo a las mujeres: cómo se mueven, cómo se sientan, cómo gesticulan cuando hablan de algo que les importa. Un vestido tiene que responder al cuerpo que lo va a llevar, y para eso primero tienes que entender cómo viven los cuerpos. Luego están los tejidos, que para mí son el punto de partida casi siempre. Cuando encuentro un tejido que me habla, la colección empieza sola.
Produces pocos vestidos al año de manera deliberada. ¿Qué implica esa decisión en términos de negocio?
Implica renunciar a escalar de cierta manera, y eso es una decisión que tomo conscientemente. Prefiero hacer diez vestidos extraordinarios al año que cien correctos. Cada novia que trabaja conmigo merece tiempo y atención plena: entender su historia, su cuerpo, el tipo de boda que tiene, la mujer que quiere ser ese día. Eso no es compatible con la producción en serie. Mi modelo de negocio no es el de las grandes firmas nupciales y no quiero que lo sea. Es el del atelier de siempre: exclusividad, personalización, calidad sin concesiones.
¿Qué es lo más difícil de diseñar un vestido de novia?
El peso emocional que lleva. Una novia no viene a comprarse un vestido: viene a decidir cómo va a estar en el momento más fotografiado y más recordado de su vida. Eso es una responsabilidad enorme. Hay que saber escuchar muy bien, porque lo que dice y lo que quiere de verdad no siempre es lo mismo. Y hay que saber también cuándo proponer algo que ella no había imaginado pero que, cuando lo ve, siente como suyo. Ese momento —cuando una novia se pone por primera vez el vestido terminado y se reconoce en él— es el que me hace seguir.
Llevas décadas en la industria. ¿Cómo ves la moda española hoy desde esa perspectiva larga?
Con mucho optimismo y también con exigencia. Hay una generación de diseñadores españoles que está haciendo cosas extraordinarias, con una identidad propia muy definida. Lo nupcial español en particular tiene un nivel que pocas industrias del mundo pueden igualar: la combinación de tradición artesanal, calidad de tejidos y sensibilidad estética que tenemos aquí es única. Lo que me preocupa es que a veces el mercado empuja hacia la cantidad en detrimento de la profundidad. Y en el diseño de novia, la profundidad no es opcional: es lo único que importa.
¿Qué le diría hoy la Mónica de cincuenta años a la Mónica que empezó hace casi tres décadas?
Que tuviera más confianza en su propio criterio. Que las firmas en las que trabajé me enseñaron muchísimo, pero que mi voz tenía valor desde el principio y podría haberla usado antes. Y que no hay ninguna colección más importante que la siguiente.
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